Los estudios bioarqueológicos en el suroeste andaluz y la cuenca del Guadalete desmontan los sesgos sobre el papel femenino en la Prehistoria.


Fotografías: IA por Gemini para jerezsinfronteras.es


Ni débiles ni recluidas: la ciencia revela el verdadero poder de las mujeres prehistóricas en el sur peninsular

Cada conmemoración dedicada a las mujeres en la ciencia o al patrimonio histórico reabre un debate fundamental: cuál fue su papel real en los orígenes de la civilización. Más allá de cualquier efeméride, la arqueología moderna y los análisis bioarqueológicos de restos óseos desmontan de forma definitiva el mito de la mujer prehistórica relegada en exclusiva al espacio doméstico.

Los últimos estudios científicos en yacimientos del suroeste peninsular sugieren que las mujeres en la prehistoria de la región asumieron roles permanentes de liderazgo, caza y trabajo comunitario de alta intensidad, un marco interpretativo aplicable a la campiña jerezana.

Análisis bioarqueológicos y la revisión de los ajuares en el suroeste peninsular

El yacimiento arqueológico de Asta Regia, situado en la barriada rural de Mesas de Asta a pocos kilómetros de Jerez de la Frontera, es uno de los enclaves históricos más importantes de Andalucía. Habitado desde el Neolítico hasta la época islámica, fue una gran metrópoli clave durante el periodo tartésico y romano. Aunque la mayor parte de sus estratos más antiguos permanece sin excavar mediante análisis genómicos modernos, su contexto en la cuenca del Guadalete es fundamental para comprender la evolución social en la Prehistoria.

Recreación de un enterramiento prehistórico en una excavación arqueológica cuadrada con un esqueleto humano rodeado de un rico ajuar funerario compuesto por vasijas, armas, collares y pesas de telar, con un paisaje andaluz de colinas y una meseta al fondo bajo un cielo despejado.

Durante décadas, la investigación tradicional asignaba el sexo de los esqueletos según los objetos del ajuar funerario. Las armas definían tumbas masculinas y las herramientas textiles identificaban fosas femeninas.

La aplicación de pruebas de ADN antiguo y la proteómica del esmalte dental han corregido estos errores en toda Andalucía. Los laboratorios confirman que múltiples enterramientos con armas de guerra y adornos de alto estatus pertenecen a mujeres.

En los yacimientos del suroeste peninsular, cuyos datos permiten contextualizar el entorno de Asta Regia, los registros fósiles muestran patrones de desgaste óseo similares entre hombres y mujeres. Ambas partes de la población ejecutaban labores físicas de alta exigencia en los orígenes de la campiña.

Cazadoras y cazadores: la fuerza laboral comunitaria

Los datos osteológicos desmienten la división sexual del trabajo rígida en el Paleolítico y el Neolítico a escala regional. Las evidencias en diversos asentamientos apuntan a la participación femenina activa en la caza de grandes mamíferos y en la defensa del territorio.

La supervivencia de los grupos humanos en el valle del Guadalete y el área de influencia de Asta Regia exigía la cooperación de todos los miembros adultos. Las marcas de inserción muscular en fémures y brazos femeninos analizados en la región prueban el uso habitual de lanzas y la carga de grandes pesos.

Recreación histórica en primer plano de un grupo mixto de cazadores y cazadoras prehistóricos en un paisaje de colinas y río en Andalucía, encabezados por una mujer en postura de acecho sosteniendo una lanza con punta de sílex.

Estas evidencias biomecánicas demuestran una capacidad física desarrollada y un entrenamiento constante dentro del grupo social. La comunidad no aislaba a las mujeres durante las expediciones de abastecimiento ni en las faenas agrícolas pesadas.

Matrilocalidad y liderazgo desde Asta Regia hasta el Calcolítico andaluz

El punto de inflexión definitivo para la arqueología peninsular ocurrió con el análisis del gran enterramiento de Valencina de la Concepción en Sevilla. El 6 de julio de 2023, la revista Scientific Reports confirmó mediante el análisis de péptidos en el esmalte dental que la figura más prominente de la Edad del Cobre andaluza no era un líder masculino, sino la denominada Señora del Marfil.

Este hallazgo histórico, que alcanzó una enorme repercusión internacional, demostró que la máxima autoridad social y religiosa del suroeste ibérico estuvo ostentada por una mujer. Este caso sentó un precedente fáctico que redefinió la interpretación de las estructuras sociales en yacimientos coetáneos como Asta Regia.

Recreación de una matriarca y líder prehistórica del Calcolítico sentada en una vivienda tradicional, sosteniendo una daga ceremonial con empuñadura esculpida y rodeada de joyas de ámbar, oro y marfil, mientras otras mujeres trabajan al fondo en la comunidad.

Los estudios genéticos en el sur peninsular confirman además patrones de residencia matrilocal durante el Calcolítico. Las mujeres permanecían en su comunidad de origen mientras los hombres se desplazaban, consolidando a las matriarcas como las garantes del linaje, del territorio y de los grandes ajuares.

El punto de quiebra: la propiedad privada y el control de la herencia

La pregunta inevitable ante estos descubrimientos es en qué momento histórico las mujeres perdieron esa posición de equidad y liderazgo social. La evidencia arqueológica demuestra que no ocurrió por una inferioridad física, sino por una transformación socioeconómica gradual entre el final del Neolítico y la Edad del Bronce.

La consolidación de la agricultura y la ganadería generó por primera vez excedentes de producción. El almacenamiento de grano, el control de cabezas de ganado y la propiedad de tierras agrícolas dieron nacimiento al concepto de propiedad privada.

Recreación de un poblado de la Edad del Bronce donde hombres supervisan el almacenamiento de cereal en grandes tinajas de barro junto a una mujer en actitud reflexiva, simbolizando la propiedad privada y el cambio en las estructuras familiares.

Para transmitir estas riquezas acumuladas a través de las generaciones, las sociedades primitivas necesitaron asegurar la paternidad biológica. Este cambio desplazó el modelo matrilocal hacia estructuras patrilocales, donde la mujer debía abandonar su comunidad natal y someterse al control familiar de la línea masculina para garantizar la herencia del linaje.

La militarización del poder durante la Edad del Bronce

El paso definitivo hacia la jerarquización patriarcal se aceleró con la llegada de la metalurgia del bronce. El control de los yacimientos mineros y de las rutas comerciales de metales desató un aumento de la violencia intergrupal en todo el Mediterráneo y el sur peninsular.

La guerra dejó de ser una labor defensiva comunitaria para convertirse en una actividad profesionalizada. Las élites guerreras masculinas monopolizaron el uso de las nuevas armas metálicas y concentraron el poder político y administrativo de los asentamientos.

Recreación de un asentamiento fortificado de la Edad del Bronce en una colina andaluza, con guerreros armados con espadas y lanzas de metal en primer plano mientras una mujer los observa desde las viviendas del poblado.

Con el surgimiento de las primeras estructuras protoestatales y códigos normativos, la subordinación femenina se institucionalizó formalmente. Las mujeres quedaron progresivamente relegadas al ámbito doméstico y bajo la tutela institucional masculina.

Salud, dieta y marcas biomecánicas en la población femenina

Los análisis antropológicos de los esqueletos hallados en la zona del estuario del Guadalete revelan una dieta compartida por igual entre ambos sexos durante la Prehistoria reciente. La isotopía estable demuestra que las mujeres consumían la misma proporción de proteínas animales y vegetales que los varones.

No existía una discriminación alimentaria por razones de género en las etapas previas a la Edad del Bronce. La salud bucodental y las patologías articulares afectan por igual a hombres y mujeres en las muestras paleoantropológicas analizadas.

Recreación de un asentamiento prehistórico en el valle del Guadalete, donde una mujer muele grano con una piedra en primer plano, rodeada de viviendas de adobe y paja, y otras personas realizando tareas comunales bajo la luz dorada del atardecer.

Las lesiones detectadas en las articulaciones evidencian tareas compartidas en la molienda de cereal, el procesado de pieles y el transporte de materiales de construcción para los asentamientos prehistóricos que precedieron a la Asta Regia tartésica y romana.

El sesgo del siglo XIX en la interpretación del pasado

Los primeros arqueólogos del siglo XIX proyectaron sus propios prejuicios victorianos sobre los yacimientos prehistóricos. Asumieron de forma sistemática que el varón asumía la caza y la defensa, mientras la mujer quedaba relegada al ámbito doméstico.

Esa visión androcéntrica distorsionó la lectura de las secuencias culturales durante más de una centuria. Hoy, la arqueología de género corrige esas asunciones a través de datos empíricos obtenidos en el suroeste peninsular.

El reanálisis de los registros bioarqueológicos en el marco del Guadalete y la Baja Andalucía ofrece un marco interpretativo renovado. Aunque el núcleo principal de Asta Regia permanece en su mayor parte sin excavar mediante técnicas genómicas modernas, los modelos isotópicos y proteómicos validados en yacimientos paralelos del entorno sugieren que el poder político y ritual en las primeras comunidades asentadas en esta zona estuvo compartido de forma equitativa.

Recreación de un yacimiento arqueológico en Asta Regia donde se contrasta una excavación del siglo XIX, con obreros y un arqueólogo victoriano con chistera, frente a una investigación científica moderna con arqueólogas analizando un enterramiento con ajuar en tablets.

¿Cambia esta evidencia científica tu perspectiva sobre el papel que desempeñaron las mujeres en los orígenes de nuestra sociedad?


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