Receta del Trifle de Jerez con vino Cream (Canasta o Solera 1847). El postre borracho que une a España e Inglaterra.
El origen histórico del Trifle de Jerez con vino Cream
La historia del Trifle de Jerez con vino Cream es un viaje fascinante que conecta las mesas isabelinas del siglo XVI con las bodegas señoriales del Marco de Jerez. Pocos postres pueden presumir de una documentación tan antigua y precisa en su evolución, comenzando con una fecha que todo apasionado de la gastronomía debería conocer. Se tiene constancia de que el 12 de mayo de 1585 se publicó en Londres la obra «The Good Huswifes Jewell» de Thomas Dawson, donde se menciona por primera vez el término «Trifle». En aquel entonces, la receta distaba mucho de ser el postre de capas que hoy admiramos, pues consistía básicamente en una crema espesa aromatizada con jengibre y agua de rosas. Sin embargo, aquel hito editorial marcó el inicio de una tradición que pronto encontraría en los vinos españoles su compañero de viaje definitivo para transformarse en un icono cultural.
A medida que las relaciones comerciales entre España e Inglaterra se intensificaban, el vino de Jerez comenzó a ganar protagonismo en la repostería británica de alto nivel. Lo que empezó como una crema sencilla evolucionó gracias a la llegada de los bizcochos borrachos, una técnica que permitía aprovechar el excedente de vino importado desde las costas gaditanas. El Trifle de Jerez con vino Cream no nació de un accidente, sino de la necesidad de fusionar la suavidad láctea con la potencia estructural de los vinos de cabeceo. Esta unión permitió que el postre saltara de los libros de recetas a las mesas de celebración, convirtiéndose en el «Sherry Trifle» que hoy es motivo de orgullo en ambos países. Al observar una copa de este dulce, no solo vemos capas de color, sino también siglos de intercambio cultural y excelencia vinícola.
Elaboración artesanal y el secreto del bizcocho borracho
Para llevar esta historia a la mesa, la elaboración del Trifle de Jerez con vino Cream requiere una selección meticulosa de ingredientes que respeten su herencia. El proceso comienza disponiendo una base generosa de bizcochos de soletilla en el fondo de un cuenco de cristal profundo, los cuales deben ser empapados generosamente con un vino de prestigio como Canasta de Williams & Humbert o Solera 1847 de González Byass. Es fundamental no escatimar en este paso, pues el vino debe penetrar el corazón del bizcocho sin llegar a desintegrarlo, creando esa textura de «bizcocho borracho» tan valorada en la zona. Mientras el bizcocho reposa y absorbe los matices del Sherry, se procede a colocar una capa de fruta local, preferiblemente melocotones en almíbar o fresas frescas cortadas en láminas finas. Esta fruta no solo aporta frescura, sino que equilibra el dulzor profundo del vino con su acidez natural.
Sobre la fruta, se vierte una capa densa de crema pastelera artesanal, la cual debe estar completamente fría para mantener la separación visual de las capas. A diferencia de la versión inglesa que usa custard ligero, en la receta jerezana buscamos una crema con cuerpo, elaborada con leche entera, yemas de huevo y un toque de vainilla. Una vez que la crema se ha asentado, el postre se corona con una montaña de nata montada con un toque de azúcar glas, que aporta la ligereza necesaria para cerrar el conjunto. Como toque final, se pueden espolvorear unas almendras tostadas o virutas de chocolate amargo, proporcionando un contraste crujiente que rompe la uniformidad de las texturas cremosas. El reposo en frío durante al menos cuatro horas es obligatorio para que los sabores del vino Cream se amalgamen con la vainilla y la fruta de forma persistente.
El año 1751 y la mayoría de edad del Sherry Trifle
Si bien el origen se remonta al siglo XVI, el momento en que el postre adquiere su arquitectura moderna ocurre en el ecuador del siglo XVIII. El año 1751 es fundamental para el Trifle de Jerez con vino Cream, ya que coincide con la publicación de dos libros que definieron su estructura de capas actual. En la cuarta edición de «The Art of Cookery Made Plain and Easy» de Hannah Glasse, se documentó por primera vez el uso de bizcochos empapados en Sherry, un hábito que popularizó marcas históricas como Harvey’s Bristol Cream en décadas posteriores. Este cambio fue revolucionario porque el alcohol dejó de ser un simple acompañante para convertirse en el alma que vertebraba todo el conjunto. La miga del bizcocho, saturada con los matices de la uva pasificada, otorgaba una dimensión de sabor que los ingleses consideraron insuperable desde el primer bocado.
En este mismo periodo, la sociedad británica instalada en Jerez comenzó a replicar estas preparaciones, pero utilizando ingredientes locales que mejoraban la receta original. Al sustituir los licores genéricos por un auténtico vino Cream, el postre ganó en untuosidad y profundidad aromática debido a la vejez de los vinos que componen el Sherry. Esta adaptación jerezana prefirió omitir la gelatina, un ingrediente muy común en las islas, para no enmascarar la pureza del vino con texturas excesivamente industriales. Es precisamente en esta honestidad de ingredientes donde reside el secreto de su longevidad, permitiendo que la receta se mantenga vigente tras más de dos siglos de historia compartida. La técnica de mojar el bizcocho se perfeccionó tanto en las casas bodegueras que el término «borracho» pasó a ser un estándar de calidad indispensable para cualquier anfitrión.
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