Analizamos el dilema de las Zambombas de Jerez: cómo el estatus BIC y la ausencia de tasas han llevado a una masificación que amenaza la calidad de vida, seguridad y el patrimonio de los vecinos del Centro Histórico.
La Zambomba de Jerez de la Frontera es más que una fiesta; es la manifestación viva y flamenca de la Navidad, una tradición que hunde sus raíces en las reuniones vecinales de los patios de los barrios de Santiago y San Miguel. Declarada Bien de Interés Cultural (BIC) en 2015, este reconocimiento debía ser un escudo protector, pero paradójicamente, se ha convertido en el detonante de un profundo conflicto entre el orgullo cultural y la habitabilidad de la ciudad.
El origen del problema: De la intimidad al macroevento
El problema actual no es la fiesta en sí, sino el modelo de negocio y la masificación que se ha generado a su alrededor. Lo que una vez fue una reunión íntima, donde los vecinos cantaban y tocaban instrumentos alrededor del fuego, se ha transformado en un evento turístico intensivo que se extiende desde el 21 de noviembre hasta el 24 de diciembre.
El Centro Histórico de Jerez, diseñado para carruajes y el ritmo sosegado de sus residentes, se utiliza ahora como un recinto de aforo masivo sin estar preparado para ello. El dato es contundente: en días clave de fin de semana, la afluencia puede superar las 100.000 personas, una carga que es más de tres veces superior a la capacidad combinada y controlada de las mayores infraestructuras de la ciudad, el Estadio Chapín y la Plaza de Toros.
La voz oprimida de los vecinos
Los residentes del centro son quienes pagan el precio más alto por este éxito cultural y turístico, viéndose obligados a un éxodo temporal si desean descansar. Sus críticas son múltiples y rotundas:
Inhabitabilidad y ruido
La frase «esto se nos ha ido de las manos» es recurrente. El ruido se extiende hasta altas horas de la madrugada, anulando el derecho al descanso y afectando a quienes, incluso, tienen que trabajar los domingos. Los vecinos sienten que su casa deja de ser suya durante todo un mes.
Colapso de servicios y salubridad
El problema de salubridad es una de las quejas más dolorosas. La dotación municipal de aseos públicos (apenas 21 unidades entre fijos y químicos para la inmensa afluencia) es absolutamente insuficiente. El resultado directo es que portales, zaguanes y, lo más grave, fachadas de casas palacio, iglesias y patrimonio histórico se convierten en urinarios públicos, causando un daño corrosivo e irreversible al legado arquitectónico de Jerez.
Restricción de acceso y movilidad
La masificación hace que el centro sea intransitable. Servicios esenciales como los repartos a domicilio se ven interrumpidos, e incluso los repartidores se niegan a acceder a ciertas zonas. El problema se agrava con el colapso logístico: el transporte público y la flota de taxis son insuficientes para evacuar a la multitud, creando un cuello de botella peligroso en los accesos de la ciudad.
«No es Semana Santa, es un mes entero»
Un vecino señala la diferencia con eventos como la Semana Santa: «una cosa es la Semana Santa, pero es de otra forma y no un mes como esto». La queja final es clara: los residentes no están en contra del comercio («muy al contrario somos nosotros clientes diarios todo el año»), sino contra un modelo de ocio masivo que destruye su calidad de vida en favor de un beneficio concentrado y puntual.
La crítica a la gestión y el riesgo máximo
La falta de gestión municipal se señala en dos puntos clave:
Ausencia de tasas
La decisión del Ayuntamiento de no cobrar una tasa de ocupación de vía pública por la celebración de las Zambombas elimina el factor disuasorio económico. Esto incentiva la proliferación de eventos concentrados en días pico, agravando la saturación, y priva a las arcas municipales de ingresos que podrían destinarse a financiar los servicios de limpieza, aseos y seguridad que se desbordan.
Riesgo de seguridad
La crítica más seria de los vecinos es la del riesgo de seguridad y evacuación: «¿Qué ocurriría en caso de una emergencia, Dios no lo quiera? No hay pasillos por los que una se pueda mover». Al concentrar 100.000 personas en calles estrechas, el riesgo de estampida o el colapso en el acceso de ambulancias y bomberos es real y dramático. La zona se comporta como un recinto sin sus debidas medidas de control y evacuación.
Posibles soluciones y el temor al 2031
Para evitar que la Zambomba termine por expulsar a sus propios creadores y deteriorar el patrimonio, se proponen soluciones de ordenación urgentes:
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Regulación económica: Implementar una tasa de ocupación de vía pública para las zambombas más céntricas, usando los ingresos para mejorar los servicios.
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Descentralización: Impulsar activamente la celebración de las Zambombas en grandes plazas y barrios históricos como Santiago y San Miguel, aliviando la presión del centro.
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Refuerzo de servicios: Aumentar drásticamente la dotación de aseos públicos y del transporte en días clave.
La preocupación final es el futuro: «Y esto sucede aún no siendo Jerez Capital de la Cultura 2031, ¿qué sucederá para entonces si lo conseguimos?». Los vecinos temen que sin un Plan de Sostenibilidad y Habitabilidad riguroso, el éxito de la candidatura cultural signifique la anulación definitiva de su vida en el centro.
La Zambomba de Jerez necesita urgentemente un equilibrio para que la fiesta, que es BIC, no se convierta en la bilis de sus vecinos, poniendo en riesgo el alma y la seguridad de su Centro Histórico.
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