Vive los recuerdos de los Reyes Magos en mi infancia, un viaje de magia y tradición familiar en Jerez.
La Navidad es una época que evoca recuerdos entrañables en muchos de nosotros. Sin embargo, para mí, los recuerdos de los Reyes Magos en mi infancia poseen un brillo que el tiempo no ha logrado desgastar. No se trataba simplemente de los objetos materiales que aparecían bajo el árbol; era una amalgama de emociones, tradiciones compartidas y una magia palpable que envolvía cada rincón de nuestro hogar. Esta atmósfera tan particular, cargada de ilusión y misterio, sigue viva en mi memoria tras 58 años.
En mi familia éramos muchos. Siete hermanos, mis padres y mi abuela llenábamos la casa de un bullicio constante que se intensificaba con la llegada de las fiestas. No obstante, la tarde del 5 de enero siempre se sentía diferente, como un preludio silencioso a la noche más mágica del calendario anual. La ciudad de Jerez se transformaba por completo. Las calles olían a azahar y expectación, recordándonos que lo imposible estaba a punto de suceder frente a nuestros ojos de niños.
El primer encuentro en las bodegas Garvey
Mi padre trabajaba en las emblemáticas bodegas Garvey, situadas estratégicamente entre las calles Guadalete y Sevilla. Este lugar, habitualmente dedicado al trabajo diario, se convertía por unas horas en un epicentro de fantasía absoluta. Allí acudíamos con el corazón acelerado, pues sabíamos que recibiríamos nuestro primer obsequio directamente de las manos de Sus Majestades. Aquel encuentro inicial era el detonante de una alegría que desbordaba cualquier lógica infantil.
Recuerdo la impaciencia que sentíamos mientras esperábamos nuestro turno en la fila. Los nervios estaban a flor de piel. Ver a los Reyes Magos tan cerca, con sus ropajes brillantes y sus barbas imponentes, era una experiencia indescriptible. En ese instante, el mundo exterior dejaba de existir. Solo quedaba la mezcla perfecta de asombro y felicidad absoluta que se grabó a fuego en mi corazón para siempre.
La cabalgata: un espectáculo de luces y caramelos en Jerez

Tras la visita a Garvey, nos uníamos a la marea humana que se congregaba en las avenidas principales para presenciar la gran cabalgata. Jerez se vestía de gala para recibir a la comitiva real entre música y destellos de colores vibrantes. Los caramelos volaban por el aire como pequeños proyectiles de azúcar, mientras nosotros intentábamos capturar cada uno de ellos como si fueran tesoros de incalculable valor. La ilusión era un virus benigno que contagiaba a grandes y pequeños por igual.
Al finalizar el desfile, regresábamos a casa con las manos llenas de dulces y el alma henchida de esperanza. Cada caramelo recogido del suelo era un anticipo de lo que la noche nos deparaba. Mis padres y hermanos mayores, cómplices necesarios de aquel teatro de la inocencia, nos guiaban en el camino de vuelta mientras comentábamos cada detalle de las carrozas. Aquella caminata nocturna era el cierre perfecto para una jornada que apenas estaba comenzando en nuestra imaginación.
El misterio de las visitas reales en el hogar familiar
Pero la magia no terminaba con la cabalgata pública. Lo más asombroso era que, al llegar a casa, Sus Majestades volvían a aparecer con más regalos antes incluso de que el agotamiento nos obligara a cerrar los ojos. Parecía que vivíamos en un sueño lúcido del que nadie quería despertar por miedo a que la realidad rompiera el hechizo. Aquellas apariciones intermedias mantenían la llama encendida durante las horas más oscuras de la jornada.
Nos acostábamos con la excitación pulsando en las sienes. Sabíamos, con la certeza absoluta que solo da la niñez, que durante la madrugada los Reyes regresarían una vez más para completar su labor. El silencio de la noche se llenaba de sonidos imaginarios: el roce de una capa, el tintineo de un camello o el susurro de los pajes. Dormir no era una opción fácil cuando el salón de casa se estaba convirtiendo en un santuario de sorpresas.
La inolvidable madrugada del 6 de enero
La espera en las primeras horas de la mañana era casi insoportable para siete hermanos ansiosos. Nos apostábamos estratégicamente detrás del portón de la planta superior, conteniendo la respiración para no alertar a los visitantes mágicos con nuestro ruido. Éramos una pequeña resistencia de pijama y pies descalzos, vigilando el paso del tiempo. En el momento en que finalmente abríamos el portón, la disciplina desaparecía para dar paso a una carrera frenética.
Descender las escaleras con sigilo era nuestro último desafío antes de la explosión de júbilo. Al llegar abajo, el salón revelaba el rastro de la generosidad real. Ver los juguetes y los zapatos llenos era una descarga de adrenalina que hoy me resulta imposible de comparar con cualquier otra emoción adulta. Eran momentos únicos e irrepetibles, capaces de cimentar una felicidad que nos acompañaría el resto del año.
Un legado de amor que trasciende los regalos

Más allá de los juguetes o de los objetos materiales, lo que realmente sobrevive al paso de las décadas es la atmósfera. El cariño de la familia, la ilusión compartida y la creencia inquebrantable en la magia hacían de esos días algo sagrado. Los recuerdos de los Reyes Magos en mi infancia son, en esencia, el reflejo de un entorno que protegía nuestra capacidad de asombro por encima de todo.
Esa semilla de ilusión creció tanto en mí que, años después, tuve el honor de vivir esta tradición desde el otro lado, una experiencia que relato en De niño a Paje Real: El legado de la ilusión en el corazón de Jerez. Es, sin duda, el cierre perfecto a un círculo de magia que comenzó en mi niñez.
Desde estas líneas, quiero expresar mi más sincero agradecimiento a quienes hicieron posible este milagro anual. Un reconocimiento especial merece mi abuela Matilde, de quien siempre recordaré su máxima: en la cama y en el cine donde mejor se está; junto a mis padres, Juan y Lola. También mis hermanos: Juanito, Lola, José María, Celia, Patricio y Fabián, además de mi tío Pepe. Gracias a todos ellos, conservo un tesoro invaluable de amor y magia que guardo en lo más profundo de mi corazón como un legado eterno.
Preguntas frecuentes sobre los recuerdos de los Reyes Magos
¿Cómo influyen los recuerdos de los Reyes Magos en nuestra vida adulta?
Las vivencias de la infancia actúan como un ancla emocional que nos conecta con la gratitud y la generosidad. Al recordar la ilusión de aquellos años, solemos replicar esos valores en nuestro entorno actual. No se trata solo de nostalgia; es una forma de mantener viva la capacidad de asombro frente a las pequeñas alegrías cotidianas. Esos momentos nos definen.
¿Por qué es importante mantener tradiciones como la Cabalgata de Reyes en Jerez?
Jerez posee una identidad cultural muy marcada donde la familia y la celebración colectiva son pilares fundamentales. Para entender su importancia, conviene conocer el origen de la Cabalgata de los Reyes Magos de Jerez y el Ateneo, pues esa crónica centenaria explica por qué este evento cohesiona a la comunidad bajo una misma esperanza. La Cabalgata no es solo un desfile de carrozas, sino un punto de encuentro que cohesiona a la comunidad bajo una misma esperanza. Preservar estas citas asegura que las futuras generaciones comprendan el valor de la comunidad y la historia de su propia ciudad.
¿Qué papel jugaban las empresas locales, como las bodegas, en estas fechas?
Antiguamente, el tejido empresarial de Jerez estaba profundamente vinculado a la vida social de sus trabajadores. Lugares como las bodegas Garvey no solo eran centros de producción, sino espacios de convivencia donde se fomentaba el espíritu navideño de forma directa. Esa cercanía entre el ámbito laboral y el familiar creaba un sentido de pertenencia muy fuerte que hoy recordamos con especial cariño.
Con el objetivo de ilustrar este artículo, se han utilizado imágenes generadas por IA. Es importante destacar que las personas representadas en las mismas son ficticias y por lo tanto no tiene vínculo con el autor.
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