El éxito de la Zambomba de Jerez la ha convertido en un «Zambombón» turístico masivo. Vecinos denuncian: ruido, suciedad y colapso.
La Zambomba de Jerez es, sin duda, la joya de la corona de la Navidad andaluza. Declarada con merecimiento Bien de Interés Cultural (BIC) por la Junta de Andalucía, esta manifestación nos recuerda quiénes somos: una ciudad de profunda tradición flamenca y de convivencia vecinal.
Pero permítanme, como residente, decirles la verdad que huele a aguardiente derramado y a orines en el portal: nuestra joya se ha convertido en una losa. El éxito desmedido ha dado lugar al monstruo del Zambombón turístico, una suerte de macro-botellón navideño que está destruyendo la calidad de vida de quienes hemos elegido vivir y mantener vivo este centro histórico.
I. De la candela íntima a la callejuela asaltada
La esencia de la Zambomba, esa que nos vendieron y defendimos, era la reunión íntima. La postal mental es clara: el patio encalado, la candela humeante, el sabor del pestiño, y el compás que surgía de una humilde zambomba de barro.
“En sus inicios, la Zambomba no era un espectáculo público, sino una reunión íntima y coral que se celebraba en los patios de vecinos y corrales de bodegas.”
Esa es la verdad histórica. Lo que vivimos ahora, especialmente desde que el BIC actuó como un potente imán nacional y el calendario se llenó de puentes y megapuentes, no tiene nada de íntimo ni de coral. Es una invasión perfectamente planificada.
Los fines de semana de diciembre, nuestro hogar se transforma en un Zambombón incontrolable. Las cifras hablan por sí solas: más de 100.000 almas invadiendo calles que fueron diseñadas para carruajes y paseos tranquilos. El 97% de ocupación hotelera es un éxito económico, sí, pero para el vecino es la constatación de que su derecho fundamental al descanso ha sido expropiado en favor del beneficio turístico.
II. La crisis de la convivencia: Ruido y suciedad inasumible
La masificación no es un simple inconveniente; es un problema de salud pública y convivencia que nos está forzando a muchos a plantearnos el abandono del centro.
1. La dictadura del decibelio
La tranquilidad no existe. Desde el inicio de la tarde y hasta altas horas de la madrugada, las mediciones de ruido en nuestros dormitorios superan con creces cualquier límite tolerable. No hablamos del villancico flamenco, que es música. Hablamos de la algarabía de miles de personas, la música amplificada que compite en las terrazas y, sobre todo, del griterío etílico que se prolonga hasta el amanecer.
Los portales de nuestras casas han dejado de ser entradas para convertirse en urinarios públicos y, lo que es peor, en focos de vandalismo y suciedad. El refuerzo de limpieza es insuficiente ante el aluvión, y la imagen de Jerez en estas fechas se reduce a un triste lodazal.
2. La saturación logística: Un centro al límite
El centro histórico de Jerez, con sus calles estrechas, no tiene la infraestructura para gestionar este Zambombón. El doble de expedientes municipales tramitados solo demuestra el colapso administrativo y de seguridad que esto supone. ¿Es sostenible mantener un operativo policial y de limpieza sobredimensionado durante semanas solo para garantizar la fiesta de los que vienen de fuera? La respuesta, desde nuestra perspectiva, es un rotundo no. El centro es para vivir, no para ser un simple parque temático de la Navidad.
III. El camino urgente: Descentralizar y volver a la esencia
Si la Zambomba quiere sobrevivir como BIC y no como una mala broma de la masificación, la solución pasa por una descentralización valiente y una regulación estricta.
La clave reside en sacar el «mogollón» de la vía pública y llevarlo a recintos capaces de absorber el impacto:
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Estadio Chapín: Que se convierta en el gran espacio del «Zambombón» comercial. Es el lugar ideal para acoger a las miles de personas que solo buscan una fiesta multitudinaria. Así se respeta el espíritu económico sin destrozar el patrimonio.
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Plaza de Toros: Un espacio magnífico para organizar Zambombas de alto nivel artístico, controlando el aforo mediante la venta de entradas.
Simultáneamente, es crucial volver a proteger a los vecinos y el formato original:
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Regulación de aforos: Las plazas céntricas y pequeñas deben tener límites de aforo infranqueables. El concepto de Zambomba debe volver a ser íntimo, y no un Zambombón abierto al botellón.
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Incentivos a patios: Es vital apoyar económicamente a las comunidades de vecinos y peñas que sigan manteniendo la tradición dentro de sus recintos privados, ofreciendo la experiencia auténtica frente a la burda imitación callejera.
La Zambomba es patrimonio, pero el bienestar de sus guardianes, los vecinos del centro, es un derecho. El Ayuntamiento debe elegir: o protege a sus ciudadanos y salva la esencia de la tradición, o permite que el Zambombón se coma a Jerez, convirtiendo nuestro corazón histórico en un hermoso pero inhabitable decorado de cartón piedra. El tiempo de las soluciones urgentes ya ha pasado. Estamos en el tiempo de las medidas drásticas.
Imagen de cabecera generada por IA
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