Manuel Pinto, el jerezano que liberó París con La Nueve, cumplió la profecía de libertad de su padre.
El orgullo de una tierra no solo reside en sus monumentos, sino en la talla moral de sus hijos en los momentos más oscuros. Manuel Pinto Queiroz Ruiz, un humilde trabajador de la campiña, protagonizó una de las mayores gestas del siglo XX al ser de los primeros soldados en entrar en la capital francesa ocupada. Su vida es un relato de resistencia que late con fuerza desde Jerez, recordándonos que la libertad siempre tiene un nombre propio.
Una infancia entre viñas y conciencia social
Nacido en nuestra ciudad el 14 de abril de 1916, Manuel creció en un ambiente de profunda lucha y fraternidad. Su madre falleció cuando él apenas tenía cinco años, dejándole un consejo que marcaría su destino: «Haz caso de tu padre, Manuel, escúchalo siempre». Su progenitor, un camarero anarquista y profundamente anticlerical, fue su gran referente ético en una Andalucía donde el sindicalismo estaba fuertemente organizado.
Pinto recordaba con una nitidez asombrosa cómo los vecinos se sentaban al atardecer en las puertas de las casas para discutir de política mientras comían higos chumbos. «Había un ambiente muy fraternal. A pesar de que eran muy pobres, se ayudaban unos a otros, estaban siempre dispuestos a echar una mano», relataba sobre aquel Jerez solidario. Trabajó duro en las viñas y en las destilerías, integrándose pronto en el sindicato de arrumbadores y en las juventudes libertarias.
El exilio y el enigma del destino del padre
La llegada de las tropas rebeldes a Jerez truncó su juventud, obligándolo a una huida desesperada para salvar la vida. Su padre, que decidió no marcharse, se enfrentó a un destino trágico que Manuel llevó grabado como un amuleto: «A mí me van a fusilar pero a mi hijo no lo cogerán nunca». Y, efectivamente, nunca pudieron capturarlo.
Sin embargo, la memoria familiar de los Pinto en Jerez custodia un matiz estremecedor que la historia oficial ha pasado por alto. Recientes testimonios sugieren que el padre no llegó a morir ante el pelotón, sino que un infarto fulminante le segó la vida justo cuando lo bajaban del camión para ser ejecutado. Este relato, transmitido bajo el peso del miedo de la época, menciona incluso visitas en «modo incógnito» a la familia, revelando que la realidad de la represión fue, si cabe, aún más compleja y dolorosa.
Supervivencia en el infierno africano
La odisea de Manuel lo llevó por las montañas hacia Granada y finalmente al norte de África en el barco «La joven María». La libertad fue un espejismo breve; al llegar a Orán, acabó encerrado en campos de concentración en condiciones inhumanas. «Esto no es un hotel, es un campo de concentración», le espetó con sorna el director de un centro cuando Manuel osó pedir una toalla para asearse.
En los campos de Colomb-Béchar fue sometido a trabajos forzados, picando piedra bajo la vigilancia de guardianes nazis. Su espíritu rebelde no se doblegó y, en un acto de justicia poética, dejó caer una carretilla cargada contra uno de los jefes alemanes más crueles. Aquel hombre no sobrevivió, y Manuel, protegido por el silencio de otros españoles, continuó su camino. Cuando los aliados desembarcaron, se enroló en los Cuerpos Francos para luchar en Túnez: «Los otros me decían que estaba loco por ir a los cafés árabes, pero yo les decía que aquella gente era estupenda».
El rugido de «Los Cosacos» en la capital francesa
Su destino se selló al unirse a la División Leclerc, en la mítica compañía «La Nueve«. Aquella unidad funcionaba como un fiel reflejo de la resistencia española: hombres valientes a quienes los oficiales franceses tildaban de «salvajes», pero que solo respondían ante líderes capaces de comprender su espíritu indomable. Bajo este ambiente de respeto mutuo, bautizaron su tanqueta como «Los Cosacos«, un nombre nacido de una curiosa anécdota con el capitán Dronne que Manuel recordaba con orgullo.
El 24 de agosto de 1944, Manuel entró en la plaza del Ayuntamiento de París, siendo de los primeros en romper el yugo nazi. «La gente se sorprendía mucho cuando nos oía hablar. No paraban de abrazarnos y besarnos. Aquello fue algo extraordinario», explicaba sobre aquel día de victoria. Incluso sirvió de escolta a De Gaulle en los Campos Elíseos, repeliendo disparos enemigos para asegurar que el desfile fuera un éxito.
Un legado de cultura y dignidad viva
A pesar de llegar hasta el refugio de Hitler, la guerra terminó con un sabor amargo al no poder liberar España. Manuel fue desmovilizado en 1945 y nunca regresó a su tierra natal, pero su historia permanece hoy más viva que nunca gracias a los jerezanos que aún guardan su memoria. Rescatar su figura es un acto de justicia con un vecino que llevó el nombre de Jerez hasta lo más alto de la libertad mundial.
Fuentes Bibliográficas y Documentales
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La Nueve: Los españoles que liberaron París (Evelyn Mesquida): Obra fundamental que recoge el testimonio directo de Manuel Pinto.
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Los olvidados: Los republicanos españoles en la Segunda Guerra Mundial (Antonio Vilanova): Documentación sobre los exiliados en los frentes europeos.
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Archivos de la 2ª División Blindada (División Leclerc): Registros militares franceses y diarios de marcha de la compañía.
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Centro de Estudios Históricos de Jerez: Investigaciones sobre la represión y el contexto social en 1936.
¿Qué otros relatos sobre nuestros héroes locales guardan las familias de Jerez en el silencio de sus casas?
Imagen de cabecera: Generada mediante inteligencia artificial por Gemini para jerezsinfronteras.es.
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