Conoce a Ramón Verea y la calculadora mecánica, el genio que revolucionó la ciencia mundial en 1878.

Ramón Verea cambió la historia de la ciencia desde Nueva York al patentar una máquina capaz de calcular con una velocidad nunca vista. Su ingenio permitió que, por primera vez, un aparato realizara multiplicaciones directas sin depender de infinitas vueltas de manivela.

Este avance tecnológico posicionó la inventiva española en la vanguardia de la computación mecánica. Logró superar a los dispositivos más potentes de Europa y Estados Unidos en 1878.

Un origen humilde hacia la cima tecnológica

Nacido el 11 de diciembre de 1833 en Curantes (Pontevedra), Verea mostró desde joven una mente inquieta. Aunque su vida dio muchas vueltas entre Puerto Rico, Cuba y Nueva York, su capacidad de invención nunca se detuvo.

Antes de su gran hito matemático, ya había demostrado su talento práctico. En 1863, durante su estancia en Cuba, creó una máquina para plegar periódicos, un invento que facilitó enormemente la labor editorial de la época.

La revolución del cilindro multiplicador

El mundo del siglo XIX dependía de cálculos manuales lentos o de máquinas que sumaban de forma repetitiva para multiplicar. Verea rompió esa limitación mediante un cilindro metálico con muescas de distintas profundidades.

Este componente funcionaba como una tabla de multiplicar física. El punto de inflexión llegó el 10 de septiembre de 1878, cuando se le concedió la patente de EE. UU. nº 207.918 por su «Verea Direct Multiplier».

El reconocimiento mundial en Matanzas

Ese mismo año, su prototipo viajó a la Exposición Mundial de Inventos en Matanzas, Cuba. Allí, la precisión de su mecanismo le valió la medalla de oro, consolidando su prestigio internacional ante los ingenieros más brillantes del momento.

Al girar la manivela, el mecanismo leía la posición exacta y entregaba el resultado de forma inmediata. Mientras que los dispositivos de la competencia requerían hasta un minuto para operaciones complejas, el invento de Verea lo lograba en diez segundos.

Ingeniería pura en la era del vapor

A diferencia de nuestros ordenadores actuales, este dispositivo funcionaba exclusivamente con energía mecánica. No existían circuitos ni baterías; todo dependía de la interacción entre engranajes de latón y ejes de hierro.

La precisión del «hierro inteligente» de Verea demuestra que la computación nació de la ingeniería física. Es una muestra de ingenio similar a la que años más tarde veríamos en los avances urbanos, como cuando llegó a nuestras calles la primera grúa municipal de la historia de Jerez, marcando otro hito de la modernización.

El orgullo sobre el beneficio económico

Verea no buscaba dinero. De hecho, nunca comercializó su patente de forma masiva pese al interés de los inversores neoyorquinos.

Su motor principal era el orgullo nacional. Quería demostrar al mundo que un español poseía la misma capacidad creativa que cualquier ingeniero de las potencias industriales del momento.

Un legado que perdura en el tiempo

Ramón Verea falleció en Buenos Aires el 6 de febrero de 1899. Hoy, el prototipo original de esta calculadora descansa en la Institución Smithsonian, en Washington D.C.

Es una de las piezas más valiosas de la prehistoria de la informática. Su lógica de cálculo directo sentó las bases para el desarrollo de las computadoras modernas. Ramón Verea sigue siendo el ejemplo perfecto de cómo una mente brillante puede desafiar los límites de su época con solo metal y determinación.


¿Crees que España ha valorado lo suficiente a sus pioneros tecnológicos a lo largo de la historia?


Créditos de imagen: Retrato de Ramón Verea, archivo de dominio público vía Wikimedia Commons.


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