Entrevista a Bosco Gallardo Quirós: el arte, su paso por el CAAC y su nuevo reto en la Junta de Andalucía.

Hay personas que llevan el arte en el apellido y la pasión en la mirada. Bosco Gallardo Quirós es una de ellas. Jerezano de pura cepa y sevillano por derecho, Bosco no es solo un gestor cultural de primer nivel; es alguien que entiende que detrás de cada cuadro hay una historia viva.

Quedar con él es sumergirse en una conversación donde las vanguardias del CAAC se dan la mano con el pellizco de la Macarena. Hoy charlamos de tú a tú sobre su trayectoria y ese nuevo reto en la Comisión Andaluza de Bienes Muebles.

Un ADN creativo con sello jerezano

Bosco nació en Jerez de la Frontera un 21 de abril de 1968. En su casa, el arte no era algo que se estudiara, era algo que se respiraba. Hijo del gran Antonio Gallardo, creció entre el sonido de las máquinas de escribir y el desfile de artistas.

Vienes de una familia con un ADN creativo increíble en Jerez. ¿En qué momento sentiste que tu camino iba por la historia del arte, o es que se respiraba en casa desde la cuna?

«Crecí escuchando la percusión de la máquina de escribir Olivetti de mi padre o también la suave rozadura de sus innumerables plumas, con las que así mismo dibujaba sobre los mismos papeles repujados de versos. Estoy seguro de que además de cierta disposición genética hacia lo creativo ver a papá día tras día desplegar su talento y el continuo desfile por casa de artistas, con obra o sin ella, gente siempre muy peculiar, acabaron por inocular este virus del que sigo siendo preso. Fue mi madre la que al verme triste estudiando Derecho me dijo que me viniera a Sevilla con un amigo de la familia, el cual ya había iniciado la carrera de Historia del Arte«.

Retrato en primer plano de Bosco Gallardo Quirós en Jerez de la Frontera, sonriendo levemente y sosteniendo una copa de vino generoso ambarino frente a unos árboles de fondo.
Bosco Gallardo Quirós, en un momento de relajación en Jerez. La copa de vino generoso, un símbolo de su tierra y de la inmaterialidad de la cultura andaluza.

El CAAC y la esencia de lo «bonito»

Su paso por el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC) ha dejado huella. No es fácil gestionar un espacio que ha sido monasterio, fábrica de loza y ahora epicentro de la modernidad. Para él, el arte es nuestra forma de buscar lo eterno.

Para quien no lo sepa, has sido pieza clave en el CAAC. ¿Cómo influyó en tu día a día trabajar en un sitio que es, a la vez, monasterio, fábrica y museo?

«Uno es básicamente lo que hace, iba bien con mi trastorno de personalidad múltiple… (risas). En realidad, lo que me interesa es la creación en general, sea cual sea su soporte y la época que la determina. No sabemos bien qué es el arte, creo que es la máxima expresión de la condición humana junto a la dimensión espiritual de la que forma parte. Sartre dijo que somos ‘pasión de Absoluto’ y acertó de pleno».

«La gente piensa que el arte va de cosas ‘bonitas’, y eso es una simplicidad inoperativa. Tengo que acordarme ahora de mi amigo el profesor Juan Miguel Serrera, que nos tenía en la carrera prohibido pronunciar esa palabra ‘bonito’. Por cierto, antes de morir le regalé mi mejor corbata, comprada en la desaparecida sastrería Armando de la calle Larga…».

«En fin, como quería decir, si precisamente a la mayoría de la población el arte contemporáneo le parece ‘feo’, ello es precisamente lo que me abrió la puerta para buscar la esencia del arte. En ese sentido he de decir que aquellos que se niegan a pensar o sentir el arte de nuestro tiempo, muy probablemente se queden en la epidermis del arte de todas las épocas. Quien en ‘Las Meninas’ o la ‘Gioconda’ vea sólo dos cosas ‘bonitas’ o ‘muy bien hechas’, está soslayando sus valores más profundos, que son todos conceptuales».

Un estreno de altura en los Bienes Muebles

Hace apenas unos días, Bosco se ha incorporado a la Comisión Andaluza de Bienes Muebles. Es el reconocimiento a una carrera de fondo, a alguien que conoce el patrimonio desde el inventario más pequeño hasta la gestión de grandes colecciones.

¡Enhorabuena por lo de la Comisión! Te han nombrado hace nada. ¿Cómo se asume eso de decidir qué piezas pasan a la historia? ¿Impone mucho el cargo?

«Lo asumo lleno de agradecimiento, mucha ilusión, y un férreo compromiso. Me considero un humilde trabajador de la Consejería, la cual tiene el reto enorme de tutelar uno de los mayores patrimonios del mundo. Soy consciente de la responsabilidad, y trataré de estar a la altura. Además, está integrada por grandísimos profesionales, varios de los cuales han sido profesores míos o tutores de becas… En suma, grandes profesionales; así que soy consciente de ser el último mono».

El refugio de la Esperanza y la inmaterialidad

Bosco encuentra en la Esperanza Macarena su norte particular. Ha publicado tres libros sobre su patrimonio inmaterial, demostrando que la fe y la razón artística pueden convivir perfectamente en la misma mesa.

Tu corazón es macareno, pero trabajas entre vanguardias. ¿Se pelean o se complementan en tu cabeza la devoción y el arte más rompedor?

«Lo que me interesa es el hecho artístico en sí como desafío al tiempo, a la muerte, la construcción de un espacio simbólico donde se desarrolla nuestra pasión de absoluto. En el caso de la Macarena, además de tratarse de un fenómeno etnológico descomunal, para mí tiene una dimensión muy íntima; La Esperanza me ha salvado, sin ella solo soy un niño asustado».

«Lo que trato de decir puede entenderse mejor si se lee el libro Ave macarena. El sonoro huerto, donde quise construir a través de la poesía un orden alternativo a este valle de lágrimas donde vivimos todos. Si Marcel Proust dijo de sí mismo que quiso levantar una catedral con su ‘En busca del tiempo perdido’, yo solo quise hacer mi ermita particular, que podemos imaginar como nuestra Ermita de Guía de Cuatrocaminos…».

Un gestor de «todos los palos»

Para Bosco, la cultura no solo sucede en los libros; ocurre en los inventarios, en los traslados de obras y hasta en la jardinería de los monumentos que custodiamos.

Has tocado todos los palos: desde inventariar objetos científicos en la Universidad hasta gestionar la seguridad o el personal del Monasterio de la Cartuja durante 14 años. ¿Es necesario ser un poco «hombre orquesta» para proteger el patrimonio?

«Totalmente. He tenido la suerte de tocar todos los palos en la tutela de Bienes Culturales: documentación, protección, conservación y difusión. Antes de ser conservador de la Junta, incluso inventarié el rico patrimonio científico y técnico de la Universidad de Sevilla; ahí aprendes que el patrimonio no son solo cuadros. Al final, proteger nuestra cultura es una labor transversal que va desde lo más intelectual, como una tesis doctoral, hasta la gestión más mundana y necesaria de un edificio histórico».

Rescatar lo inefable y la literatura

Terminamos nuestra charla hablando de lo que queda cuando quitamos lo material. Bosco, que conoce bien el rigor de los museos, encuentra en la música y las letras un espacio de libertad absoluta. La cultura en nuestra región es, para él, una vivencia emocional.

Si pudieras «rescatar» una sola obra de arte de cualquier rincón del mundo para que no se perdiera jamás, ¿cuál elegirías?

«Esta respuesta, en realidad, es imposible darla y diga lo que diga fallaré. Pero haré lo que me pides: Aria para la cuerda de Bach, porque expresa lo inefable».

¿Qué te da la literatura que no te da el rigor de los museos?

«A estas alturas de la entrevista, he de decirte que te has equivocado de oficio, eres mejor periodista que programador (risas). La literatura me da su inmaterialidad, como la música. Ellas llegan a la región suprema, las otras también, pero la contingencia material confunde a muchos».

¿Qué rincón de Sevilla o Jerez te sigue dejando con la boca abierta hoy en día? «Soy un jerezano amando en Sevilla. Los italianos tienen una palabra para eso: ‘mozzafiato’. Trataré de ser preciso a tu pregunta, lo más parecido a esa sensación es lo que siento cuando me pongo a los pies de la Giralda«.

¿Qué le dirías a alguien que se aburre soberanamente en los museos para que entre? «Les diría que dejen de consumir contenidos inanes, guardaran el teléfono móvil en un cajón y entraran a ver qué pasa. Y si no pasa nada, que se vayan a un bar con un amigo, la vida es un suspiro y hay que disfrutarla antes que cualquier otra cosa».


¿Crees que somos capaces hoy de soltar el móvil y dejar que una obra de arte nos hable de verdad, o hemos perdido la paciencia para contemplar lo eterno?


Fotografías: Archivo personal de Bosco Gallardo Quirós.


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