La historia de mi abuela Matilde en Jerez y el origen de la frase «en la cama y en el cine donde mejor se está»

En la cama y en el cine donde mejor se está: Crónica de un milagro en Jerez y la sabiduría de mi abuela Matilde

Nacer en Jerez de la Frontera imprime un carácter especial, pero crecer en una casa con siete hermanos y una abuela nacida en 1902 es, directamente, cursar un máster en la vida. Mi abuela Matilde fue ese faro de lucidez que atravesó casi todo el siglo XX. Ella no solo nos dejó sentencias sabias, sino que fue la pieza clave en momentos mágicos, como aquellos inolvidables recuerdos de los Reyes Magos que marcaron nuestra infancia en la calle de la alegría.

Ella sobrevivió a monarquías, guerras y cambios tecnológicos que hoy nos parecerían ciencia ficción. Sin embargo, su filosofía de vida no estaba en los libros. Se resumía en una frase que repetía como un mantra: «En la cama y en el cine donde mejor se está».

Hoy, sentado en la misma casa donde nací y donde sigo viviendo, entiendo que esas palabras no eran pereza. Eran la radiografía de una época. Mi abuela sabía que, tras el ruido de una familia de nueve personas, el descanso y la evasión eran los únicos lujos verdaderos. Pero para llegar a la estabilidad de este hogar, mi familia tuvo que atravesar un periodo de incertidumbre que solo un «milagro» jerezano y la tenacidad de mis padres pudieron resolver.

El puente de Juan Morales y el compás de espera

La historia de mi familia tiene un punto de inflexión clave entre dos casas. Mis padres, Juan y Lola, ya tenían a sus cinco primeros hijos: Juanito, Lola, José María, Celia y Patricio. En ese momento, adquirieron la casa donde hoy resido, pero el inmueble necesitaba reformas profundas para albergar a semejante batallón. Fue un periodo crítico; necesitaban un lugar donde vivir mientras las obras avanzaban, y la desesperación empezaba a mellar el ánimo de mi padre.

Fue entonces cuando apareció la figura de Juan Morales. En un encuentro que mi padre siempre calificó de milagroso, Morales le ofreció una vivienda para pasar ese tiempo de transición. Lo increíble es que él no tenía intención alguna de alquilarla, pero algo en la necesidad de aquel padre de familia lo conmovió. No solo les dio techo, sino que no les cobró ni una mensualidad durante el tiempo que estuvieron allí. Mis hermanos mayores aún recuerdan con emoción el cariño con el que Juan Morales los trataba. Aquel gesto permitió que la reforma de nuestro hogar definitivo se culminara sin la asfixia de un alquiler doble.

La llegada de los «sorteos» y la falta de gracia

Una vez instalados en la casa que mis padres habían comprado y adecuado, la familia terminó de completarse. Yo soy el sexto, el penúltimo. Entre mi hermano Patricio y yo mediaron cuatro años, el tiempo necesario para que las obras terminaran y la vida se estabilizara bajo el nuevo techo. Mi padre, con ese humor fino de quien lleva media vida entre los cascos de bodega de Garvey, solía recordar mi llegada con una anécdota que hoy es patrimonio familiar.

Contaba mi padre que, tras buscarme con toda la intención del mundo para que yo naciera, le soltó a mi madre con guasa: «Lola, aquí no hemos tenido gracia». Y así, entre risas y la alegría de la casa nueva, llegué yo: César. La supuesta «falta de gracia» no fue tal, pues poco después llegó Fabián para cerrar el equipo. Lo más curioso es que, para nombrarnos a los tres últimos, mis hermanos mayores instauraron una democracia directa: nuestros nombres se eligieron por sorteo.

El conflicto de San Patricio en la bodega Garvey

El nombre de mi hermano Patricio merece un capítulo aparte por lo que supuso para mi padre en su entorno laboral. Él trabajaba en Garvey, la mítica bodega del Fino San Patricio. Cuando en el sorteo de los hermanos mayores salió ese nombre, mi padre se echó las manos a la cabeza. No quería por nada del mundo que su hijo compartiera nombre con el producto estrella de la bodega donde pasaba el día.

Preveía, con razón, el cachondeo monumental que le esperaría entre botas, venencias y compañeros de faena. A pesar de sus protestas, el sorteo de los niños fue ley. Patricio se quedó con su nombre y mi padre tuvo que navegar las bromas en la bodega con la elegancia que le caracterizaba. Aquella anécdota refleja ese Jerez donde la marca de la bodega y la vida familiar estaban tan entrelazadas que era imposible separarlas.

Matilde y la sabiduría de las «tinieblas gozosas»

Mientras la familia crecía y se asentaba, mi abuela Matilde observaba el trasiego con la calma de quien lo ha visto todo. Nacida en 1902, ella representaba la memoria viva de un siglo convulso. Cuando sentenciaba que «en la cama y en el cine donde mejor se está», estaba uniendo dos conceptos de bienestar muy profundos. La cama era el refugio absoluto, el territorio de la salud y el silencio. El cine era la gran ventana al mundo, ese lugar oscuro y fresco donde las preocupaciones se disolvían.

Para una mujer que vio nacer el cine sonoro, las salas de Jerez eran templos de evasión. En una casa con siete nietos y constante movimiento, el silencio era un tesoro. Matilde nos enseñó, sin pretenderlo, que la felicidad no requiere de grandes artificios. Una sábana limpia y una buena historia proyectada en una pantalla eran suficientes para declarar que la vida valía la pena. Su frase no era una invitación a la desidia, sino un elogio al descanso merecido tras la batalla diaria.


Preguntas Frecuentes sobre la historia y el refranero local

  • ¿Cuál es el origen de la expresión analizada? Es una paremia popular que mezcla la necesidad física del descanso con la evasión cultural. En el contexto de las familias numerosas de mediados del siglo XX, estas palabras servían para delimitar los pocos espacios de intimidad y silencio disponibles.

  • ¿Qué importancia tienen los nombres por sorteo en esta crónica? Reflejan un cambio generacional. Mientras que los cinco primeros hijos llevaban nombres tradicionales, los últimos tres fueron fruto de una decisión colectiva de sus hermanos, demostrando la vitalidad y la democracia interna de los hogares jerezanos.

  • ¿Cómo influyó el entorno de las bodegas en el lenguaje familiar? Jerez es una ciudad-bodega. El hecho de que un nombre coincidiera con una marca de vino, como el Fino San Patricio, demuestra que el trabajo era una extensión más de la mesa familiar.


Conclusión: El eco de una voz que nació en 1902

La historia de la abuela Matilde y el milagro de Juan Morales no son solo anécdotas privadas; son el retrato de un Jerez que se construyó a base de palabra dada, generosidad y techos compartidos. A veces, buscamos los grandes hitos históricos en los archivos, olvidando que la verdadera esencia de nuestra tierra se escribió en los sorteos de nombres entre siete hermanos y en el esfuerzo diario en las bodegas.

Matilde nos dejó mucho más que una frase ingeniosa. Nos dejó una brújula para los tiempos de ruido: saber encontrar el sitio «donde mejor se está». Hoy, recordar su máxima es un acto de rebeldía y de cordura. Al final del día, todos buscamos ese refugio —sea una sábana limpia o una butaca a oscuras— donde el mundo exterior deja de pesar.

Esa «falta de gracia» con la que mi padre anunció mi llegada se convirtió, con los años, en la gratitud de ser parte de esta estirpe. Una familia que sabe que los milagros existen y que la memoria de nuestros mayores es el cimiento más sólido que tenemos. Sirvan estas líneas como homenaje a las «Matildes» de Jerez, que con una sola frase eran capaces de resumir toda la sabiduría de un siglo.

Nota editorial: La ilustración de cabecera de este artículo, que recrea la atmósfera del Jerez del siglo XX, ha sido generada exclusivamente para jerezsinfronteras.es mediante tecnología de IA de Gemini.

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