Descubre la historia del personaje popular de Jerez Cantina, el domador de burros que marcó una época en 1913.
Cantina: El «profesor de burros» y la picaresca del Jerez de 1913
La memoria de una ciudad no reside solo en sus monumentos de piedra o en las grandes efemérides que recogen los libros escolares. A menudo, el alma de un pueblo se encuentra en aquellos nombres que, sin poseer títulos nobiliarios, se adueñaron del respeto y la sonrisa de sus vecinos en cada esquina. En el Jerez de 1913, un nombre destacaba sobre el resto por su originalidad y su peculiar oficio: «Cantina». Este hombre, inmortalizado por el Ilmo. Sr. D. Manuel M. Pérez y Pérez, representa la esencia de una época donde la supervivencia y el ingenio caminaban de la mano.
Recuperar la historia del personaje popular de Jerez Cantina es asomarse a una ventana al pasado. El texto de la obra Jerezanos Escarchados nos permite reconstruir no solo su vida, sino el ambiente social de un Jerez que se debatía entre la tradición y la modernidad. Su figura nos recuerda que la identidad jerezana se ha forjado también en los tabancos, en las plazas y en el contacto diario con los animales que movían la economía local.
El arte de la doma: Un profesor sui géneris en la calle José Luis Díez
Resulta fascinante imaginar las calles de Jerez siendo testigos de un espectáculo tan insólito como el que ofrecía nuestro protagonista. Mientras otros buscaban fortuna en profesiones convencionales, Cantina decidió convertirse en «profesor de burros». No era un simple arriero. Poseía una capacidad magnética para comunicarse con sus pollinos, logrando que estos realizaran movimientos que parecían desafiar la propia naturaleza terca del jumento.
Utilizaba una vara larga, casi como si fuera el cetro de un reino invisible, para dirigir las evoluciones de sus animales frente a la mirada atónita de los transeúntes. Según los textos de la época, su voz «campanuda» dictaba órdenes que el burro obedecía con una precisión casi militar. «Haga el favor de pararse», decía, y el animal se detenía en seco como si hubiera sido tocado por un resorte oculto. Este dominio sobre la bestia le valió una fama que traspasó los límites de su barrio, convirtiéndolo en un hito viviente de la picaresca local.
La Gran Cruz del Galápago Verde y el orgullo del pueblo
El reconocimiento social en el Jerez de principios de siglo XX tenía matices muy distintos a los actuales, mezclando a menudo la burla con la admiración sincera. Cantina fue condecorado por sus contemporáneos con la «gran insignia del galápago verde». Aunque para ojos externos pudiera parecer una mofa, él portaba dicho reconocimiento en su blusa con una dignidad que ya quisieran para sí muchos aristócratas de la época.
Este detalle es crucial para entender la historia del personaje popular de Jerez Cantina. Su orgullo no nacía de la riqueza, sino del dominio de su técnica y del reconocimiento de su comunidad. El texto nos dice que llegó a creerse un «astro de primera magnitud», digno de los mayores respetos. Esta construcción del personaje nos habla de una resiliencia psicológica admirable, donde el individuo se eleva por encima de su condición de pobreza a través de la singularidad y el carisma personal.
El tabanco de la Arboledilla y la tragedia de la miseria
No todo fue brillo y aplausos en la vida de este domador, pues la sombra de la necesidad siempre acechaba en los rincones del Jerez antiguo. La crónica nos narra un episodio oscuro relacionado con la muerte de uno de sus compañeros de oficio. Cantina, haciendo gala de su labia, recaudó fondos entre amigos y conocidos para sufragar los gastos del entierro y el «sitio» en el cementerio para su difunto colega.
La tragedia sobrevino cuando el dinero, destinado a una causa tan sagrada, terminó evaporándose entre los vapores del vino en el tabanco de la Arboledilla. Al ser increpado por la viuda, que lo encontró gastando las limosnas en una caña, su respuesta fue el epítome de la lógica del buscavidas: «si tu marido no pagó casa en toda su vida, ¿quieres que la pague después de muerto?». Esta anécdota, aunque cruel, ilustra la cruda realidad de una clase social que vivía al día, donde la frontera entre la solidaridad y el instinto de supervivencia era terriblemente delgada.
El último acto: Una muerte con filosofía jerezana
El final de Cantina llegó de forma abrupta, como solían llegar las enfermedades en un tiempo donde la medicina aún no alcanzaba a todos los estratos. Una pulmonía fulminante lo postró en su lecho apenas dos meses después del incidente con la viuda. Sin embargo, ni siquiera la cercanía de la muerte logró apagar el ingenio que lo había caracterizado durante toda su existencia.
Cuando el párroco acudió a administrarle los últimos sacramentos y le mostró una imagen del Niño Dios para consolar su alma, Cantina dejó una frase para la posteridad. Con un esfuerzo supremo, pidió que le trajeran a «un hombre de alguna edad y ya experimentao», cuestionando con humor la capacidad de un «niño» para interceder en un asunto tan grave como el tránsito al otro mundo. Con esa última muestra de carácter, el profesor de burros se despidió de la vida, dejando su nombre grabado en el catálogo de los tipos más originales de nuestra tierra.
Conclusión: La huella imborrable de la picaresca jerezana
En definitiva, la historia del personaje popular de Jerez Cantina no es solo el relato de un hombre con un don especial para los animales, sino el testimonio de una forma de vida que ya se ha desvanecido. En sus triunfos callejeros y en sus miserias de tabanco, Cantina encarnó la capacidad del jerezano para reírse de la propia adversidad y convertir la necesidad en un arte digno de ser recordado.
Preservar su memoria a través de las páginas de Jerezanos Escarchados es un acto de justicia con nuestra historia invisible. Porque, al final del día, una ciudad no solo se define por sus bodegas y sus caballos de estirpe, sino por el eco de voces como la suya, que aún parecen resonar con sabiduría callejera entre los muros del Jerez antiguo.
Preguntas frecuentes sobre la historia del personaje popular de Jerez Cantina
¿Quién fue realmente Cantina y por qué se le recuerda?
Cantina fue un adiestrador de burros que alcanzó una popularidad extraordinaria en el Jerez de 1913. Su fama no provenía de grandes hazañas bélicas o políticas, sino de su capacidad para domesticar animales difíciles y su ingenio verbal, factores que lo convirtieron en un símbolo de la identidad callejera de la ciudad.
¿En qué fuentes históricas aparece documentado?
La fuente principal es el libro Jerezanos Escarchados, publicado por Manuel M. Pérez y Pérez. Esta obra es fundamental para conocer la historia del personaje popular de Jerez Cantina, ya que documenta su vida, su técnica de doma e incluso sus diálogos más famosos, ofreciendo una visión antropológica del Jerez antiguo.
¿Qué significaba su título de «profesor de burros»?
Era una forma humorística y a la vez respetuosa de referirse a su oficio. A diferencia de otros domadores, Cantina enseñaba a los burros a responder a órdenes complejas mediante la voz y gestos sutiles, logrando que el animal realizara «evoluciones» que asombraban a la multitud en zonas como la calle José Luis Díez.
¿Qué lección nos deja su historia hoy en día?
Su vida nos enseña el valor de la cultura popular y la importancia de preservar los relatos de personajes que, aunque humildes, definieron el carácter de la ciudad. Cantina nos recuerda que el ingenio y el carisma son herramientas de supervivencia tan válidas como cualquier otra.
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