Descubre la riqueza del lenguaje jerezano con sus expresiones únicas y llenas de sabor local. ¡Entiende por qué nos encanta hablar como hablamos!

Hoy me encuentro guarnío, y no puedo evitar una sonrisa al pensarlo. Es una de esas palabras que me llenan de orgullo, tan nuestra, tan de aquí. Y es que en Jerez tenemos una manera de hablar que es pura chuminá… ¡pero una chuminá con mucho arte! Como cuando después de una buena comilona te sientes engollipao o engoñipao, o cuando te pasas con el riego y las macetas acaban enguachinnás. Son imágenes que nos vienen a la cabeza solo con escuchar la palabra, ¿verdad?

Y qué decir de esas pequeñas diferencias que nos hacen únicos. Aquí no pides porras, sino unos buenos churros calentitos para mojar en el café. De niño, la feria no era ir a las atracciones, sino a los cacharritos, con su olor a algodón de azúcar y su música pegadiza. Son detalles que marcan la diferencia y que nos hacen sentirnos parte de algo especial.

Cuando la personalidad se describe con sabor andaluz

A lo largo de mi vida, he tenido la suerte (o la desgracia, según se mire) de conocer a más personas apollardaos que simplemente tontas. Es una manera más gráfica, más nuestra, de describir a alguien con poca viveza. Y qué me dicen de los que siempre andan enortaos… ¡más que despistados! Parece que tienen la cabeza en otro sitio, pero con ese toque de gracia que solo nosotros sabemos darle.

En cuanto al carácter, aquí no te encuentras con gente antipática, sino con algún que otro malaje o saborío. Son esos que parece que siempre tienen un limón en la boca, pero que, en el fondo, no dejan de ser personajes de nuestro día a día. Y es que hasta para describir lo menos agradable tenemos nuestras propias palabras.

Medidas y acciones con acento jerezano

En Jerez, las cosas no son mucho o poco, sino una jartá o una pechá cuando son abundantes, y una mijita cuando son escasas. No damos un paseo, sino que damos una vuelta, disfrutando del sol y del ambiente de nuestras calles. Y si algo está muy sucio, no decimos que está sucio sin más, sino que está empercochao, que parece que lleva ahí siglos cogiendo polvo. Pero cuando le metemos mano y limpiamos a fondo, lo dejamos escamondao, reluciente como una patena.

Si a alguien se le va la cabeza, no decimos que está loco, sino que se ha quedado majarón. Y si alguien insiste demasiado o molesta con algo, no es pesado, sino un pejiguera. Son expresiones que pintan la situación de una manera mucho más vívida y cercana.

Estados y situaciones con denominación de origen

Los borrachos, que aquí cariñosamente llamamos papaos, no caminan sin rumbo, sino que dan camballás, tambaleándose de un lado a otro. Y la gente de Jerez no odia la mentira, sino el falserío, esa actitud de engaño y doblez que tanto nos repulsa.

Cuando algo se rompe, no se rompe sin más, se descuajaringa, como si se le hubieran soltado todos los tornillos. Y lo que ha caducado o está pasado de fecha no está simplemente malo, está revenío, con ese aspecto y olor inconfundibles. Los cobardes no son miedosos, son jiñaos, que parece que les da miedo hasta su propia sombra. Y lo que está muy visto y repetido no es común, sino mu manío, que ya cansa de tanto verlo o escucharlo.

Por todas estas expresiones, y por las muchísimas que me dejo en el tintero, cada día me enamoro más de nuestro andaluz, de nuestra forma de hablar en Jerez. Y quien diga que hablamos mal, que se venga a pasar un día con nosotros, que aprenda a entendernos y que se deje llevar por la musicalidad y la gracia de nuestras palabras. Seguro que al final le coge el gusto y hasta se anima a decir alguna chuminá.

Hasta la próxima, y recuerden, lo que acabo de soltar no es ninguna tontería, ¡es nuestra manera de ver y vivir la vida!

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