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ESPAÑA como tema

España no es un tema recurrente en el arte. En la pintura y en la escultura encontramos a lo largo del siglo XIX grandes expresiones artísticas de la historia local de cada uno de los rincones de nuestra geografía. Grandes episodios históricos que teñidos de la grandilocuencia romántica e historicista, dibujan episodios singulares de la historia de España (las salas del Prado del siglo XIX están plagadas de estas grandes obras). Cada una de ellas es expresión de una parcela de la historia de España, pero no toman a España como tema, a no ser que en un empeño epistemológico hiciéramos con todos ellos una suma de intenciones y que los observáramos como capítulos de un gran programa simbólico. De cierto modo podría hacerse así. Pero aún de esta forma, España no es exactamente la suma de cada una de esas obras.

Frente a esta perspectiva, en el siglo XIX observamos como la pintura con temática de paisaje bucólico, que representa a nuestra geografía, da paso a lo largo del siglo al tipismo castizo de majas y bandoleros, o, más adelante, al costumbrismo realista, ya a finales del siglo XIX, mostrando a los paisanos y paisajes cotidianos de nuestra geografía. Joaquín Sorolla (1863-1923) realizó un magnifico programa pictórico que recogía bajo un realismo social la España, ya no de sus grandezas históricas, ni del idealismo popular expresado en su edénico paisaje, ni en su tipismo romántico, sino mostrando llanamente sus diferentes tipos humanos y sus costumbres populares. Este programa pictórico lo realizó el pintor valenciano en 1919 para la Biblioteca de The Hispanic Society of America de Washington, recogiendo escenas de cada una de las provincias de España.

Sin embargo, para representar a España hacen falta, realmente, expresiones simbólicas. La heráldica es un buen recurso, pues materializa y concreta un concepto y tiene la grata ventaja de su neto significado. Además nuestro escudo nacional es reflejo de estas sumas locales de las que vengo hablando, pero su simpleza expresiva y evidencia simbólica le resta capacidad artística: es extremadamente predecible en su significado.

Por ello siempre pensé que la mejor manera de representar artísticamente a España está en la música. Pero no en la jota, ni en la sardana, ni la muñeira. No en las sevillanas, ni siquiera en el hondo flamenco, aunque todos ellos sean expresión popular y profunda de nuestra cultura. Todos y cada uno de ellos expresan rincones individuales de España, pero así vistos el baile popular y la música popular vuelven a ser partes de un todo, pero España es algo más que la suma de sus partes.

En los convulsos tiempos políticos que vivimos, España como tema debiera ser escudriñado, y es ahí donde quiero poner en valor la música del gaditano Manuel de Falla (1876-1946) y su obra, el oratorio o cantata, La Atlántida. Falla, cuya música está íntimamente enraizada en la tierra, en sus expresiones musicales populares, fue capaz de catapultar al complejo armónico e instrumental de la música sinfónica y de escena dichas tradiciones musicales. La Vida breve o El amor brujo son obras enraizadas en Andalucía, El sombrero de tres picos en Aragón o El retablo de Maese Pedro, expresión de Castilla. Sin embargo, a mi entender, la obra de Falla que mejor expresa una idea suficientemente etérea y simbólica de España, por lo que mejor la representa, es La Atlántida, la obra que él mismo reconoció dedicó a Cataluña. Falla en 1928 empezó a musicar el poema en catalán que Jacinto Verdaguer escribió en 1877. Sin embargo, la obra de Verdaguer, representante del renacimiento cultural catalán, es un poema que habla de España.

El poema arranca desde los orígenes legendarios de la reina Pirene, cuya muerte, en manos del monstruo Gerión, Hércules termina vengando al darle muerte y robarle su ganado en el extremo sur de Iberia, en Gades. Hércules la entierra entre grandes piedras que llegaran hasta el cielo, formando un mausoleo rocoso que terminó llamando Pirineos. En aquellos tiempos pretéritos, más allá de Gades se alzaba la Atlántida con su jardín de las Hespérides. Hércules roba una rama de su naranjo de frutos encendidos, dando muerte al dragón que lo custodiaba, pero desencadena, casi sin quererlo, la destrucción de la Atlántida pues ésta se desploma inundada de agua. Hércules, ante tal destrucción, levanta dos columnas de rocas señalando los nuevos límites del mar: “Non plus ultra”. Aquella rama del naranjo de las Hespérides la planta Hércules en Eriteia, Gades, la isla alargada de altas murallas que se alza en el mar, y crece como un nuevo árbol de drago cuya sabia exuda la sangre del dragón que lo defendía. El poema sinfónico arranca con el pasaje de Verdaguer donde un ermitaño relata a un náufrago genovés este origen del océano Atlántico y le enciende en su pensamiento la búsqueda de ese mundo perdido. Este joven Cristóbal Colón logrará cruzar el océano gracias al deseo de la reina Isabel de Castilla, la cual ve en sus sueños cómo una paloma le roba sus joyas y las lanza al mar de manera que entrega sus tesoros para financiar tal magno proyecto. La cantata no pudo terminarla el compositor gaditano al fallecer en 1946, culminado la magna obra su discípulo Ernesto Halffter en 1960. Se estrenó un año después en el Palau de Barcelona, y se puso en escena en la Scala de Milán en 1962. En esta obra musical Falla supera el tipismo folklórico, aunque enraiza en ellos, y tiñe su obra de una enorme modernidad musical. Su música es de altos vuelos, y la España que en ella vemos reflejada es la España real, la suma de la Historia, la que hemos ido entretejiendo de encuentros y desencuentros pero cargados de afectos. Aquella España que Falla entreveía: mirando al horizonte de su Cádiz natal, imaginando o soñando aquella Atlántida, pero volviéndose hacia atrás para buscar en la poesía catalana de Verdaguer, tremendamente poética y netamente catalana, las bases para su cantata, la más artística expresión de España como tema:


“Veus eixa mar que abraça de pol a pol la terra?
En altre temps d´alegres Hespèrides fou hort;
Encara el Teide gita bocins de sa desferra,
Tot braolant, com monstre que vetlla un camp de mort.”


“¿Ves a esa mar que abraza de polo a polo el orbe?
Antaño fue de alegres Hespérides el huerto:
Aún arroja el Teide esquirlas de su escombro,
Bramando como un monstruo en un campo de muerte.”


Prólogo de La Atlántida. Coro. Fragmento. Jacinto Verdaguer. 1877. Música de Manuel de Falla y Ernesto Halffter, 1960.

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