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Del PASEO de CAPUCHINOS a la AVENIDA ÁLVARO DOMECQ

ARTÍCULO DE ANTONIO MARISCAL TRUJILLO

Veamos la historia del más hermoso  de los paseos de la ciudad,  Capuchinos, nombre que toma del convento de los frailes capuchinos establecidos allí desde el siglo XVIISegún nos refiere el historiador y archivero municipal, Adolfo Rodríguez del Rivero, en 1784 se construyó un trozo de carretera con unas barandas de madera a ambos lados de ella, en lo que hasta entonces había sido el camino que conducía a Sevilla. Es ésta la primera noticia que tenemos del denominado Paseo de Capuchinos. Las aludidas barandas, que separaban la zona destinada a la circulación de carruajes del paseo propiamente dicho, subsistieron hasta 1810, fecha en la que una división del ejército español al mando del duque de Alburquerque en retirada hacia Cádiz pernoctó aquí y las quemaron para calentarse.

En 1817 se invierten 1.779 reales en la plantación diversas especies arbóreas a lo largo de todo el paseo. En 1824 el ayuntamiento recibe la orden de adecentar las entradas y salidas de la ciudad con motivo de la visita de las infantas de Portugal.  Por esta causa se efectúan importantes reparaciones, para lo cual, se hizo necesario arrancar los árboles que se  sembraron siete años antes. La última y definitiva plantación que se lleva a cabo en el paseo que nos ocupa se efectúa 1852, siendo alcalde de la ciudad don José Barba y Mateo. Esta arboleda, de la que aún quedan algunos centenarios ejemplares, subsistió hasta la construcción en 1957 de la avenida Álvaro Domecq. El historiador Joaquín Portillo, en su obra Noches Jerezanas, publicada en 1839, nos describe este paseo de la siguiente manera:

«La entrada a la ciudad por esta parte es el ameno paseo llamado de Capuchinos, porque termina con el ex convento de esta orden. Le adornan y embellecen una porción de huertas regadas con sus respectivas norias, que, con su arbolado despiden un gas tan benigno como saludable. Tiene 800 pasos de largo y se eleva no poco sobre el resto de la campiña. Principia el paseo por una glorieta o plaza circular compuesta de dieciséis ochavas, y continúa en línea recta por unos muros que forman medias lunas con sus adornos en la cúspide, casi hasta entrada de la espaciosa calle de Sevilla.»

Ya hora veamos como era este paseo durante la primera mitad del siglo XX, antes de la construcción de la actual Avenida Álvaro Domecq. Lo conformaba la carretera a Sevilla en el centro, con dos paseos laterales, delimitados por hileras de árboles que le daban un sello muy característico Nada más comenzar, a la derecha, donde está el Consejo Regulador, se ubicaba una fábrica de harinas. Donde hoy se ubica el Instituto P. Luis Coloma se encontraban lo viveros municipales. Frente, en la acera izquierda teníamos la Yeguada Militar, y a su derecha la denominada Huerta de la Verbena.

Encontramos una curiosa anécdota finales del siglo XIX y principios del XX cuando hubo en España una gran escasez de tabaco, lo que propició grandemente un contrabando masivo desde Gibraltar. Ello condujo a montar una extraordinaria vigilancia en los accesos a la ciudad por parte del cuerpo de Carabineros y por las casetas de arbitrios establecidas en todas las entradas a la ciudad. Para evadir estos controles, un grupo de contrabandistas establecieron su base en la mencionada Huerta de la Verbena. ¿Y saben como metían el tabaco en Jerez? con perros adiestrados….

En la parte izquierda estaba la Huerta de Garvey con su hipódromo, el primer campo de fútbol que hubo en Jerez: el Stadium González Byass. En la parte derecha, y ya llegando a la plaza del Caballo, la huerta conocida popularmente como “de las lechugas” frente al cementerio. Había también una fábrica de ladrillos, la Cerámica de San Rafael, y un magnífico olivar donde hoy se alza Jerez-74.

Contaban nuestros mayores que tenía un encanto especial este paseo, sobre todo por su magnífica arboleda. En las tardes primaverales, un constante el ir y venir de parejas de novios y matrimonios, el barquillero con su bombo cargado de barquillos de canela, o los vendedores del antaño popular “pirulí de la Habana” envuelto en papeles de colores. En la carretera, el silencio de un tráfico casi inexistente solamente roto por el paso de algún viejo Austin o el alegre trote de un coche de caballos.

En fin, una estampa bucólica para el recuerdo de aquellos años 20.

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