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La conquista de Melilla por el jerezano Pedro de Estupiñán

Su familia residía en la ciudad de Jerez de la Frontera, donde tenían la casa solariega en la calle llamada de Francos.

El 9 de octubre de 1859, el madrileño “El mundo pintoresco” encabezó el número 41 del periódico con el artículo “Pedro Estupiñán, conquistador de Melilla” escrito por Diego Ignacio Parada. A continuación te dejamos el texto íntegro del mismo:

Vamos a dar algunas noticias sobre la vida de un español distinguido, a quien debe la nación algunos servicios de importancia, y cuyo nombre, sin embargo, apenas es conocido entre nosotros. Pocas naciones pueden vanagloriarse de contar con un catálogo de hombres ilustres, tan numerosos como el que cuenta nuestro país, y en ninguna parte se da de seguro menos aprecio a tan endiable honor. Cuando leemos detenidamente las páginas de nuestra historia, a cada paso nos encontramos con hazañas y virtudes, capaces muchas de ellas de enaltecer por si solas a un pueblo que prestara más cuidado a la conservación de sus glorias nacionales. Un sinnúmero de nombres se ve enlazados con cada uno de nuestros acontecimientos, y esos nombres los leemos con indiferencia y sin tomarnos jamás el trabajo de averiguar su origen ni sus cualidades. Y así sucede, que con nuestra habitual indolencia tenemos dado al olvido a multitud de patricios eminentes, que por más de una circunstancia merecían ocupar algún puesto en los anales de nuestra historia biográfica. El español de quien nos vamos a ocupar en este artículo, se encuentra precisamente comprendido en lo que acabamos de decir. Intrépido soldado, militar y marino de dotes superiores, llevó a cabo por un lado multitud de proezas personales, y por otro prestó a su patria algunos buenos servicios, entre los que no es el menos distinguido la importante conquista de Melilla. De este español, sin embargo, apenas se conoce el nombre y mucho menos los hechos de su vida, que permanecen aún casi del todo ignorados. Es, pues, justo que demos publicidad a algunos de estos, y hoy que se trata de inaugurar una guerra en África y de llevar nuestro valiente ejército a la conquista de un territorio, que ya hace mucho tiempo nos debía quizás pertenecer, creemos doblemente oportuno el traer a la memoria su nombre, como el de uno de aquellos ilustres que hicieron brillar en el territorio africano el pabellón de nuestra patria.

Hubo de nacer Pedro de Estupiñán en la ciudad de Jerez de la Frontera (1), sin que sepamos a punto fijo la época, aunque debió ser hacia los últimos años del reinado de Enrique IV. Su padre Ramón Estupiñán era Veinticuatro de la ciudad de Jerez, y su madre, asimismo jerezana, lo era doña Mayor Virués, señora de noble familia. Ninguna otra noticia nos ha quedado de su juventud, y cuando nos hablan de él las historias lo encontramos ya hombre y figurando como militar de reconocido valor e inteligencia.

Nacido en una época en que la guerra era el destino indispensable de toda noble persona, debió desde muy joven ejercitarse en el manejo de las armas. Además de esto, vivía en un territorio donde aún se estaba en constante lucha con moros fronterizos, y es de suponer que se adiestrara en la guerra contra estos y aun también que se adquiriera algún renombre por su valor e intrepidez.

Por la época a que nos vamos refiriendo, el territorio cristiano de la baja Andalucía se hallaba casi constituido en un reino independiente, cuyo dominio se disputaban con empeño, por un lado, los representantes de la casa de Medina-Sidonia, y por otro los del marquesado de Cádiz. Al lado de estas dos familias se hallaban agrupados todos los caballeros andaluces y los pueblos y ciudades, siendo impotente la autoridad real para contener la encarnizada lucha, que se agitaba en la comarca y en el recinto mismo de las poblaciones realengas. La familia de Estupiñán, durante este estado de cosas, a que solo pudo dar fin la energía de los Reyes Católicos y la fuerza de los acontecimientos, estuvo adherida al partido de Medina-Sidonia, y Pedro de Estupiñán llegó a ser el personaje más importante de la corte que rodeaba al representante de esta casa. Tal vez fuera educado en ella misma y adquiríose por esto el cariño de los duques, y de aquí el que se le viera constantemente al lado de estos disfrutando de su entera confianza. Esto pudo dar lugar a que algunos escritores le llamaran su escudero, sin que esta palabra significase bajeza de condición en la persona, como algunos por este solo hecho lo han querido suponer (2).

Poderoso el duque de Medina-Sidonia, más que todos los grandes de su época, disponía no solo de un ejército de vasallos numeroso, sino que dueño y señor de una gran parte de las costas andaluzas del Océano, mantenía una armada de bajeles, con la que prestaba de continuo importantes servicios al país.

El mar de Andalucía se hallaba por este tiempo cruzado constantemente de piratas africanos, valientes y atrevidos, que llevaban su osadía hasta acercarse a nuestras costas y hacer presas y cautivos con la mayor impunidad. Un hecho que representa por otra parte una de las proezas personales de Pedro de Estupiñán podrá dar hasta cierto punto una idea bastante clara de lo que en este punto sucedía.

Hallábase a la sazón Estupiñán en compañía de la duquesa de Medina, presenciando en Conil la pesca de los atunes, sobre la que tenían los duques el derecho de propiedad. Un día apareció en el mar una galera africana, que afectando venir a la pesca, se acercó para la costa y se internó por entre las barcas de los pescadores. Al menor descuido pudo apresar una barquilla de cristianos, y escapando ligeramente con ella, levantó en medio del mar bandera de rescate. Apenas lo vio Estupiñán, quiso lanzarse armado contra los piratas; pero conoció al punto que en esto exponía irremisiblemente la vida de los cristianos. Entonces, sin armas y con solo tres o cuatro hombres, se dirigió en una barca al galeote de los moros, y entablando con ellos trato sobre el rescate, fue admitido cortésmente en el buque. Pedían, sin embargo, un alto precio por los cautivos, y no pareciéndole bien a Estupiñán, hubo de enfurecerse, y no teniendo armas de que echar mano se lanza precipitadamente sobre el capitán de la galera, se abraza a él y se tira con él al agua. Los que venían en su barquilla, comprendiendo el objeto de aquel arrojo, se apresuran a recoger a entrambos, y antes de que los moros pudieran acudir al lance, Pedro de Estupiñán caminaba con presteza hacia la orilla, llevando en su barca cautivo al capitán de la galera. De este modo se rescataron luego fácilmente los marineros apresados, y el galeote morisco tuvo que marcharse burlado y hasta generosamente despedido.

Este hecho, en que se manifiesta todo el ímpetu y arrojo de Pedro de Estupiñan, pone también de manifiesto la atrevida manera con que andaban los piratas africanos acometiendo por nuestros mares y nuestras costas.

El duque, de Medina-Sidonia, queriendo poner algún coto a esta piratería y con anuencia de los Reyes Católicos, a quienes les era el proyecto conveniente para sus miras sucesivas, determinó tomar algún punto en la misma costa de África, desde el cual se pudiera fácilmente ejercer vigilancia sobre los moros de aquella parte y que al mismo tiempo sirviera de abrigo para nuestros buques y de punto de apoyo y de partida para hacer otras conquistas a los infieles, y también como de resguardo para la multitud de caballeros andaluces, que iban de continuo a hacer en el territorio de África sus entradas y correrías.

Melilla, entonces capital de una provincia, y plaza fuerte y defendida, y que por su situación podía fácilmente conservarse una vez adquirida, fue después de algunos reconocimientos en la costa, el punto señalado para el intento. Pedro de Estupiñán, conocedor que era de aquel territorio, donde más de una vez había dirigido sus excursiones; capitán por otra parte, que había ya demostrado su valor y su pericia, ocupando su juventud en la guerra de Granada, y cuyo nombre entre los moros de la costa era ya conocido y respetado, fue desde luego el elegido para mandar y dirigir la expedición. Dispúsose ésta, y con una escuadra respetable pertrechada y provista con todos los útiles de guerra y con 8,000 hombres de todas armas para desembarco, salió Estupiñán del puerto de Sanlúcar de Barrameda, y el 17 de septiembre de 1496 se hallaba con su armada formalmente colocado al frente de Melilla.

El objeto y los preparativos de esta expedición no habían pasado desapercibidos para los habitantes de la plaza, que como era natural habían tratado de prepararse para la defensa y hasta habían invocado los auxilios de algunos otros estados africanos. Ocupados, sin embargo, la mayor parte de estos con luchas intestinas, no pudieron dar auxilio alguno a los de Melilla, y solo el rey de Fez, que también a la sazón se hallaba en guerra con algunos de sus vecinos, le pudo enviar un refuerzo de unos 800 hombres de a caballo. Con esto y con sus propias fuerzas se propusieron resistir a la expedición.

Pero, el nombre de Estupiñán al frente de una escuadra y de un cuerpo de ejército cristiano numeroso, con infantes, caballos y artillería, les puso desde luego en grande apuro y apenas se atrevieron a oponerle una resistencia decidida. Sostuviéronse, sin embargo, por algunas horas en la plaza, y poco seguros de poder rechazar el ataque que ya empezaba, del cuerpo expedicionario, en la tarde del mismo día abandonaron la población y se atrincheraron a campo raso. Estupiñán con sus tropas los deshizo inmediatamente, poniéndolos en huida; y en la misma noche del 17 tomó posesión de la plaza, que viene desde este día estando constantemente en poder de nuestros reyes.

Luego que Estupiñán se hubo posesionado de la ciudad, comenzó a reparar los fuertes, que los moros en su huida habían deshecho y maltratado, y se dispuso para resistir cualquier ataque imprevisto que pudiera venir de los infieles. Últimamente, después de haber rechazado algunos nuevos intentos de los moros, los arrojó completamente del territorio, obligándolos a fortificarse en Quidivan, donde quedaron establecidos y donde parece que aún subsisten sus descendientes.

Así se llevó a cabo la conquista de Melilla, cuya importante adquisición, que se tuvo en su época como el primer eslabón, dice Washington Irving (Vida y viajes de Colón, lib. XIV, cap. IV) de una larga cadena de guerras sucesivas contra los infieles de África, le valió a Estupiñán honrosísimas distinciones por parte de los reyes, entre las que, una de ellas, fue el hacerlo Veinticuatro de su misma patria Jerez.

Por hacer bien a vos don Pedro de Estupiñán, acatando vuestra suficiencia y fidelidad y algunos servicios que nos avedes fecho é facedes de cada dia, especialmente el servicio que nos hicisteis en la toma de la ciudad de Melilla, en alguna enmienda é remuneración de ellos, tenemos por bien é es nuestra merced é voluntad, que aora é de aquí adelante é por toda vuestra vida seáis nuestro Veinticuatro de la ciudad de Xerez de la Frontera.

Así dice la real cédula en que se le concede esta merced, dada en Salamanca por los Reyes Católicos en 1497, y refrendada por el secretario Fernando Álvarez de Toledo y el canciller Fernando Ortiz.

Poco después de este suceso, Pedro de Estupiñán quedó desprendido de los duques de Medina-Sidonia y colocado por los monarcas al frente de una armada real, en cuyo importante puesto debió prestar grandes servicios que, entre otras distinciones, le valieron la de una encomienda de la orden de Santiago.

En el año de 1503 se hallaba don Fernando apurado con la guerra, que por la parte del Rosellón le había suscitado el rey de Francia, amenazando nuestras costas y fronteras con un ejército respetable y grande aparato bélico de mar y tierra. La población y castillo de Salsas, fue el punto adonde principalmente se dirigieron los enemigos, poniéndole un estrecho cerco. El rey don Fernando, sagaz y previsor siempre en sus negocios, había ya previsto de antemano esta acometida y dispuso convenientemente las fuerzas de su ejército y estableció en el Mediterráneo una arrimada, nombrando por general de ella, como refiere Mariana (Hist. de Esp., libr. 28 cap. IV), a don Pedro de Estupiñán. He aquí las instrucciones que para esta ocasión recibió este de los reyes: Comendador Pedro de Estupiñán.

Porque la armada de Francia es venida á la parte de Colibre y porque ya veis cuanto conviene remediarse en ello á Dios y á Nos, mediante á que nos dé su ayuda; yo vos mando, ruego y encargo que pongáis muy grande diligencia en venir con esa armada y proveimientos, que habéis de traer, y venir muy en arden é muy á punto é mas brevemente que ser pueda; é procurad traer con vos quanto mas navios de remos que pudiéredes de quince barcas arriba. Yo envió á mandar á Martin Fernandez Galindo, que vos dé seis galeotas armadas de las mayores que trae en su compañía; traerlas con vos y venid á Barcelona y no paséis de alli sin ver mandamiento mío de lo que habéis de hacer, y según y cuanto á mi servicio cumple, que aquella armada francesa se eche de allí. Por ello conoceréis cuanto soy servido que en vuestra venida aya mucha diligencia, porque el principal remedio para esto después de la ayuda de Dios nuestro Señor, es el que de allá se espera; y por esto no he de menester encargároslo mas de cuanto yo tengo creído, de manera según lo que esto vá; que en casa no aya un punto de dilación. De la ciudad de Girona á 11 días del mes de octubre de 1503 años a las 10 horas del mediodía. Yo el Rey. Por mandado del Rey, Fernando de Zafra, secretario (3).

Con sus acertadas disposiciones el monarca reunió la suficiente fuerza para resistir a los franceses, a quienes no solo contuvo, sino que derrotó completamente, obligándoles a pedir treguas y a internarse en su territorio.

La confianza que Estupiñán había ya merecido de los reyes era en extremo grande, como la merced que recibió de ellos más tarde nos lo viene a demostrar. El rey Fernando después de asentada la tregua con los franceses, se partió para Castilla a unirse con la reina, y Estupiñán fue una de las personas que el monarca se trajo en su compañía.

Era por entonces la época en que los sucesos del Nuevo Mundo tenían absorta la atención de los reyes y del país. Colón había vuelto de la América, no cubierto de gloria y de respeto, como en 1493, sino humillado y prisionero como el más miserable criminal: Los enemigos, que rodean siempre a todo grande hombre, lo habían calumniado hasta el extremo y habían logrado apoderarse de su persona, y con un expediente de culpas y acusaciones, por su mal gobierno en Indias, había sido enviado entre cadenas para esperar el juicio de los monarcas. Se le atribuía una ambición desmedida, se le había acusado de mala administración en las colonias y se decía que había tratado de proclamarse soberano del mundo que él había descubierto. Por más que estas calumnias no tuvieran un sólido fundamento, no podían por menos de impresionar el ánimo de los reyes y principalmente el de don Fernando, menos confiado siempre y más astuto que la reina doña Isabel. Con este motivo los monarcas habían enviado comisarios al Nuevo Mundo para averiguar los hechos y arreglar aquel gobierno, y Colón se encontraba desposeído de todas sus dignidades y atribuciones. Por más que el alma de Colón fuese demasiado grande para dejarse amilanar por contratiempos de ningún género, el golpe recibido en este caso no pudo menos de afectarle profundamente, porque no se recibe con indiferencia la mancilla de una gloria que se ha conquistado noblemente y por la cual se ha estado suspirando toda la vida. Sus achaques se fueron agravando con sucesivos reveses de fortuna y al fin vino a morir en 1506, dejando a sus herederos en litigio el derecho que sobre el gobierno del Nuevo Mundo le había sido concedido por los reyes.

Pedro de Estupiñán recibió entonces del monarca don Fernando un premio ya merecido a su lealtad y a sus servicios, pero que hubo de serle también fatal para su fortuna. Nombrado Adelantado de las Indias y Gobernador de Santo Domingo, iba a ocupar un puesto, que era en aquellas circunstancias de difícil desempeño, cuando un suceso, que no se halla aún bastante esclarecido, vino fatalmente a poner fin a sus días.

Partido de la corte para marchar desde luego a su destino, se dirigió hacia la capital de Andalucía, con ánimo antes que nada de hacer o de cumplir algunos votos ante la imagen de María Santísima en el convento de Gerónimos de Nuestra Señora de Guadalupe. Allí se encontraba hacía ya días, ocupado en sus piadosos ejercicios, cuando sin que ninguna causa, ni anterior padecimiento lo hiciera proveer, vino de pronto la muerte a cortar el hilo de su vida.

Este inesperado acontecimiento puso en consternación a todo el mundo y se hicieron sobre el suceso multitud de comentarios. Se atribuyó a diferentes causas y la opinión más extendida lo creyó debida a un tósigo. He aquí como se refiere el suceso en el manuscrito que tenemos a la vista.

«Un día entró donde estaba nuestro comendador un truan con una toalla en el hombro y un melón en la una mano y en la otra un cuchillo y díjole á nuestro comendador: señor, ¿queréis vos una fineza de esta fruta? No hubo de parecerle mal á nuestro comendador por lo apasionado que era, pues le respondió que sí; lo cual visto por el truan limpió el cuchillo por ambas partes de la toalla y cortando una tajada se la dio; comióla y luego al otro dia murió. Y fué cierto que traía tósigo en la toalla, porque el truan se ausentó y no pareció más.»

Así se dice que terminó sus días este distinguido español, cuando aún le esperaban en su carrera nuevos triunfos que adquirir. Su cuerpo fue enterrado en el mismo monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe, y sobre su sepulcro fue colocada una lápida con la siguiente inscripción:

AQUÍ YACE
EL MUY MAGNÍFICO CABALLERO EL COMENDADOR
PEDRO DE ESTUPIÑÁN,
ADELANTADO DE LAS INDIAS Y NUEVO REINO
Y GOBERNADOR Y CAPITÁN GENERAL
DE LA ISLA DE SANTO DOMINGO

Hasta aquí todas las noticias que se conservan sobre la muerte de Estupiñán.

Su familia, originaria que era de Aragón, continuó residiendo en la ciudad de Jerez de la Frontera, donde tenían la casa solariega en la calle llamada de Francos y sus entierros en las iglesias de San Salvador y de San Marcos, donde se veían los escudos con sus armas. Consistían estas en un pino sobre ondas de mar con dos estrellas rojas a los lados sobre campo de oro y una orla de campo azul que en letras doradas decía: Soli Deo honor et gloria.

Pedro de Estupiñán dejó cinco hijos varones, de los cuales uno de ellos figuró al lado del célebre Alvar Núñez en los sucesos de la conquista y gobierno del río de la Plata. De algunos de ellos hubo descendencia directa en Jerez, hasta el pasado siglo, en que la casa de los Estupiñanes quedó incorporada a la de los Morlas de la misma ciudad. Tales son todas las noticias que podemos referir sobre la vida y familia del célebre conquistador de Melilla.

Nota (1): Cambiaso y Verde en su Dicc. de homb. céleb. de Cádiz lo hace natural de esta ciudad, pero no aduce testimonio alguno en su apoyo, y nosotros seguimos la opinión consignada en los M. S. del P. Estrada, que extendió los apuntes para la vida de Estupiñán, a la vista de los mismos papeles de familia, y cuyos apuntes que nosotros poseemos, los copió en su Diccionario Cambiaso, sin hacer apenas otra variación que la de trocar el nombre de Jerez por el de Cádiz.

Nota (2): Don Juan de Mariátegui, en unos artículos sobre Melilla, publicados en el periódico político ‘La España’ (octubre de 1857) al hablar de la conquista de esta población, pone una nota en que manifiesta su extrañeza porque a un simple escudero del duque, se le diera el gobierno de una expedición tan importante; pero este misino hecho debió hacer conocer al señor de Mariátegui que no era Estupiñán una persona cualquiera y que el nombre de Escudero se encuentra muchas veces dado por nuestros antiguos escritores a personas importantes por sus hechos y nobleza.

Nota (3): Esta carta de instrucciones, como la real cédula que anteriormente hemos insertado, las tomó el señor Estrada, de quien nosotros la hemos copiado, de los mismos papeles de la familia de Estupiñán.